Clínica y Salud Clínica y Salud
Cl??nica y Salud 25 (2014) 67-74 - Vol. 25 Núm.1 DOI: 10.5093/cl2014a6
Apego y psicopatología en adolescentes y jóvenes que han sufrido maltrato: implicaciones clínicas
Attachment and psychopathology in formerly maltreated adolescents and young adults: Clinical implications
Sara Camps-Ponsa, José A. Castillo-Garayoaa, Ignacio Cifrea
a Universitat Ramon Llull, Espa??a
Resumen

In this research, the relationship between attachment and psychopathology was studied in a sample of 40 adolescents and young adults who have suffered from intrafamily maltreatment. Attachment was assessed with Bartholomew's RQ, which distinguishes four attachment styles depending on the positive or negative image of the self and others: secure, preoccupied, fearful and dismissive attachment. Results show that insecure attachment, particularly the dismissive subtype, is the most prevalent one. Slightly more than half of the sample (52.5%) shows clinically significant symptoms (as assessed with the SCL-90-R), particularly hostility, obsessive-compulsive, paranoid ideation, psychoticism, and interpersonal sensitivity. Attachment styles with a negative vision of the self (preoccupied and fearful) tend to show more psychopathological symptoms. The clinical implications of these results are also discussed.

Palabras clave
Apego, Psicopatología, Adolescentes, Jóvenes, Violencia familiar
Keywords
Attachment, Psychopathology, Adolescents, Young adulthood, Domestic violence

La teoría del apego, formulada por Bowlby, plantea que los humanos presentamos una predisposición biológica a desarrollar un sistema conductual y motivacional que promueve la proximidad con nuestros cuidadores. La relación de apego permitiría obtener protección y seguridad en situaciones de peligro y/o amenaza (Bartholomew y Horowitz, 1991; Bowlby, 1986; Lyddon y Sherry, 2001). La calidad del vínculo, la respuesta sensible y consistente de las figuras de apego a las necesidades del niño, será un factor determinante para el desarrollo de la personalidad y, específicamente, para la generación de los patrones de relación interpersonal que perdurarán en la adolescencia y la edad adulta (Feeney y Noller, 2001; Lyddon y Sherry, 2001; Meyers, 1998; Rosenstein y Horowitz, 1996; Sherry, Lyddon y Henson, 2007).

Los tipos de apego infantil inicialmente descritos por Ainsworth y Bowlby (1991) han servido de base para desarrollar diferentes clasificaciones de apego adulto. Así, Bartholomew elabora una clasificación dimensional y prototípica del apego a partir de la percepción que una persona tiene de sí misma (self) y de los demás (Bartholomew 1990; Bartholomew y Horowitz, 1991). La combinación de una visión positiva o negativa de uno mismo y de los otros da como resultado cuatro estilos de apego: seguro, preocupado, temeroso y evitativo (ver figura 1). El estilo de apego seguro se caracteriza por el predominio de una valoración positiva de sí mismo y por la capacidad de percibir a los otros como personas en quien confiar, accesibles y sensibles a las propias necesidades. La persona con estilo evitativo tiende a evitar la intimidad, tiene una visión positiva de sí mismo y desconfía de los demás, se muestra escéptica en las relaciones de proximidad y se protege poniendo distancia y sobrevalorando su necesidad de independencia (Bartholomew, 1990; Bartholomew y Horowitz, 1991). Por otro lado nos encontramos con los estilos preocupado y temeroso, que tienen una visión del self negativa. El estilo preocupado tiende a devaluarse a sí mismo y a ensalzar a los otros, de manera que busca la aprobación y la valoración de los demás. Estas personas pueden confiar ciegamente, sin percibir defectos, limitaciones o riesgos, y son más vulnerables a la soledad y a la depresión. Por último, las personas con estilo de apego temeroso tienen una visión negativa tanto del self como de los otros, se autodevalúan y tienden a permanecer en un estado de hipervigilancia defensiva y a establecer relaciones en las que se muestran reservados y suspicaces. Buscan la relación y la proximidad pero con desconfianza y miedo a ser rechazados (Castillo y Medina, 2007).

figura 1. modelo de clasificación del apego de bartholomew.

Figura 1. Modelo de clasificación del apego de Bartholomew.

Además de la clasificación prototípica y dimensional del apego, también es útil considerar la mayor o menor presencia de ansiedad y evitación en los diferentes tipos de apego. Los tipos de apego seguro y evitativo (visión positiva del self) experimentan menor ansiedad en las relaciones interpersonales, más confianza, mientras que la ansiedad, el miedo al rechazo, es mayor en los apegos preocupado y temeroso (visión negativa del self). Respecto a la evitación, en el apego seguro y en el preocupado (visión positiva de los demás) habría menos distancia interpersonal, se buscaría más la proximidad, mientras que en los estilos evitativo y temeroso (visión negativa de los demás) se preferirían relaciones con mayor distancia, menos íntimas.

En la adolescencia, los estilos de apego adquieren un protagonismo especial, ya que es un periodo evolutivo en el que se establecen vínculos intensos de amistad y de pareja. También se incrementa la capacidad reflexiva sobre uno mismo y los demás, lo que favorece que se revisen los vínculos establecidos con los progenitores o figuras sustitutivas (Allen, McElhaney, Kuperminc y Jodl, 2004; Allen, Moore, Kuperminc y Bell, 1998; Sánchez-Queija y Oliva, 2003). Además, la relación entre apego y salud mental, como veremos a continuación, está sólidamente establecida.

Un apego seguro permite a la persona conseguir con facilidad proximidad, confianza y reciprocidad en las relaciones íntimas, relaciones más abiertas, productivas y flexibles, favoreciéndose así un funcionamiento psicosocial saludable (Allen et. al, 1998; McLewin y Muller, 2006). Los adolescentes y jóvenes en los que predomina un apego seguro tienden a ser más abiertos, autónomos y socialmente aceptados, presentan menos sintomatología depresiva, menos conductas delictivas y, en general, niveles más bajos de psicopatología (Allen et al., 1998; Allen, Porter, McFarland, McElhaney y Marsh, 2007; Scott Brown y Wright, 2003). Por el contrario, los apegos inseguros (temeroso, preocupado, evitativo) se asocian a mayor presencia de sintomatología ansiosa y depresiva, dificultades de relación y de adaptación y, en general, a un mayor riesgo de desarrollar trastornos psicopatológicos (Allen, Hauser y Borman-Spurrell, 1996; Allen et al., 2007; Fonagy, et al., 1996; Keskin y Çam, 2010; McLewin y Muller, 2006; Muller, Lemieux y Sicoli, 2001; Scott Brown y Wright, 2003; Soares y Dias, 2007). Específicamente, el apego evitativo se relaciona con trastornos de conducta, abuso de sustancias, conductas delictivas y rasgos esquizoides (Allen et al., 1996; Allen, et al., 2007; Lyddon y Sherry, 2001; Rosenstein y Horowitz, 1996 Sherry et al., 2007) y el apego preocupado con trastornos afectivos, dificultades en las relaciones interpersonales y patrones dependientes de personalidad (Bartholomew y Horowitz, 1991; Rosenstein y Horowitz, 1996; Sherry et al., 2007). Desde la perspectiva del modelo dimensional de Bartholomew se ha observado que en las personas con una visión negativa del self (apegos preocupado y temeroso) se incrementa la presencia de creencias disfuncionales y la vulnerabilidad a desarrollar psicopatología: la visión negativa de uno mismo sería el factor predictivo más fiable de la aparición de sintomatología, mientras que las personas con una visión positiva del self presentan mejor salud mental y más calidad en sus relaciones (McLewin y Muller, 2006; Muller, et al., 2001).

Estos resultados adquieren mayor relevancia en el caso de niños y adolescentes que han sufrido maltrato intrafamiliar, una población numerosa pero que tiende a la invisibilidad (Rodríguez y Morell, 2012). Sufrir maltrato por parte de las figuras de apego coloca a quien lo sufre en una experiencia paradójica: maltrata quien tendría que proteger y ofrecer seguridad y consuelo. De ahí que una de las consecuencias más frecuentes del maltrato sea una vivencia de desprotección en las relaciones, de falta de amor y bienestar (Lynch y Ciacchetti, 2002; Mikulincer, Hirschberger, Nachmias y Gillath, 2001). Existe evidencia empírica de una mayor prevalencia de estilos de apego inseguros en los adolescentes que han sufrido maltrato intra-familiar y, como consecuencia, de mayor vulnerabilidad al desarrollo de psicopatología (problemas de conducta, depresión, suicidio, ira, etc.) y de relaciones interpersonales problemáticas (López-Soler et al., 2012; McLewin y Muller, 2006; Muller, Goebel-Fabri, Diamond y Dinklage, 2000; Muller y Lemieux, 2000; Shaffer, Huston y Egeland, 2008; Thornberry, Henry, Ireland y Smith, 2010).

Con la exposición de estos resultados no se pretende afirmar que haber sufrido maltrato aboca necesariamente a desarrollar apego inseguro y trastornos mentales. De hecho, es posible establecer diferentes tipos de vínculos con los progenitores y/o cuidadores, permitiendo así la vinculación segura con alguna figura significativa (Delgado, Oliva y Sánchez-Queija, 2011; Howes y Hamilton, 1992; Sánchez-Queija y Oliva, 2003). Además, los adolescentes maltratados pueden encontrar a lo largo de su vida a otras personas que les ayuden a elaborar lo vivido y a trabajar para que su manera de relacionarse no se vea afectada negativamente. Es posible que alguna de esas personas sea un profesional, educador social, psicoterapeuta, psicólogo clínico, psiquiatra. Desde esta perspectiva, tener en cuenta el estilo de apego resulta imprescindible para formular la problemática del adolescente, establecer una alianza terapéutica sólida y plantear la intervención. Así, McBride, Atkinson, Quilty y Powell (2006) hallaron que la psicoterapia cognitiva era más eficaz que la terapia interpersonal en pacientes con depresión mayor y apego evitativo. El foco en la cognición resultaría menos amenazante para esos pacientes que centrar el tratamiento en cuestiones interpersonales. Muller (2009), sin embargo, propone abordar con el paciente de apego evitativo las experiencias dolorosas asociadas a su relación con las figuras de apego.

La investigación, la evaluación clínica individualizada y la intervención psicoterapéutica con niños, adolescentes y jóvenes maltratados son retos urgentes y prioritarios para paliar la "epidemia silenciosa" que afecta a su bienestar psicológico (Rodríguez y Morell, 2012). Asimismo, conviene tener presente el carácter preventivo de las intervenciones que puedan modificar estilos de apego inseguros (Staines, 2012), ya que éste se transmite de forma intergeneracional a través de los modelos operativos internos: la imagen de uno mismo y de los demás que tienen los progenitores influye en la percepción de sus hijos, en su manera de tratarlos y en la calidad de sus respuestas a las demandas de atención y cuidado (Keskin y Çam, 2010; Marrone, 2001). Y también el maltrato puede transmitirse (o interrumpirse su transmisión) de padres a hijos, siendo el vinculo de apego un factor determinante en dicha transmisión (Milan, Lewis, Ethier, Kershaw e Ickovics, 2004).

A pesar de la importancia para la prevención y la intervención, son escasos los estudios internacionales y no tenemos constancia de investigaciones realizadas en España que relacionen apego, psicopatología y maltrato. En esta línea, los objetivos del presente estudio son a) evaluar el estilo de apego de un grupo de adolescentes que han sufrido maltrato intrafamiliar y b) explorar la relación entre los estilos de apego y la presencia de sintomatología clínica. A partir de las investigaciones revisadas, se plantea la hipótesis de que los adolescentes con estilos de apego preocupado y temeroso (visión negativa del self) presentarán más sintomatología clínica que aquellos que sean clasificados como seguros y/o evitativos.

Método

Participantes

La muestra del presente estudio está constituida por 40 adolescentes y jóvenes (a partir de ahora adolescentes-jóvenes), 18 chicos y 22 chicas, con edades comprendidas entre 13 y 22 años (M = 16.28, DT = 1.9), que son atendidos por el Servei d'Atenció al Menor del Consell Insular de Menorca (n = 24) y por la Asociación Invia de Barcelona (n = 16), instituciones que les proporcionan orientación académica, laboral y psicológica. Todos los adolescentes-jóvenes de la muestra han sufrido algún tipo de maltrato: el 70% de la muestra ha sufrido negligencia física y/o emocional, el 27.5% maltrato emocional y/o físico y el 2.5% abuso sexual. Como señalan Arruabarrena y de Paúl (1999), en la negligencia las necesidades físicas y emocionales básicas (alimentación, ropa, higiene, protección, afecto, educación, cuidados médicos) no son atendidas temporal o permanentemente por ninguno de los adultos que conviven con el niño o la niña. En el maltrato emocional hay hostilidad verbal hacia ellos, insultos, desprecio, crítica, amenaza de abandono y/o bloqueo de las iniciativas de interacción por parte de cualquiera de los miembros adultos del grupo familiar. El maltrato físico se define como cualquier acción no accidental por parte de los padres o cuidadores que provoque daño físico (fracturas, quemaduras, hematomas, mordiscos, etc.) o enfermedad en el niño, o le ponga en riesgo de padecerlo. Finalmente, el abuso sexual consiste en el contacto sexual por parte de un adulto que ejerce una posición de poder o autoridad sobre el niño/a.

Por lo que respecta al tipo de residencia de los adolescentes de la muestra, 19 (47.5%) están en acogida con familia extensa, 14 (35%) residen en pisos asistidos, 5 (12.5%) en centros de acogida y 2 (5%) en acogida con familia ajena.

Instrumentos

La sintomatología clínica de los adolescentes se ha evaluado mediante la adaptación española del SCL-90-R (Symptom Checklist 90 Revised) de Derogatis (González de Rivera, De las Cuevas, Rodríguez y Rodríguez, 2002). Este cuestionario autoaplicado consta de 90 ítems, cada uno de ellos evaluando la frecuencia de un síntoma psicopatológico en las últimas semanas, en una escala likert de 0 ("nada en absoluto") a 4 ("mucho o extremadamente"). Las dimensiones psicopatológicas evaluadas son somatización, obsesión-compulsión, sensibilidad interpersonal, depresión, ansiedad, hostilidad, fobia, paranoia y psicoticismo. En el presente estudio se considera también un indicador del sufrimiento psicológico global, el GSI (Global Severity Index), que tiene en cuenta tanto el número de síntomas que presenta la persona evaluada como la intensidad de dichos síntomas.

El tipo de apego de los adolescentes se ha evaluado mediante el Cuestionario de Relación [Relationship Questionnaire, RQ] de Bartholomew y Horowitz (1991), en la adaptación española de Alonso-Arbiol (en Yárnoz, 2008). Este cuestionario recoge una definición prototípica de cada uno de los tipos de apego descritos por Bartholomew y su grupo (Bartholomew y Horowitz, 1991), subrayando las características fundamentales: facilidad para acercarse emocionalmente a los demás, para confiar, aceptación de la soledad (apego seguro), sentimiento de bienestar cuando no se tiene una relación afectiva, énfasis en la independencia y la autosuficiencia (apego evitativo), deseo de intimidad y percepción de que los demás marcan distancia, sentirse perdido cuando no se está en relación (apego preocupado) y malestar al acercarse a los demás, desconfianza y miedo al sufrimiento si no se mantiene distancia (apego temeroso). Se pide al sujeto que a) indique cuál de los cuatro prototipos cree que refleja mejor su forma de relacionarse con los demás y b) evalúe su grado de identificación con cada prototipo según una escala likert de 0 a 7, dónde 0 es "totalmente en desacuerdo" y 7 "totalmente de acuerdo". Por tanto, el RQ permite clasificar a la persona en una categoría de apego (perspectiva categorial) y tener en cuenta las puntuaciones de cada subtipo de apego (perspectiva dimensional). El cuestionario RQ cuenta con propiedades psicométricas adecuadas de test-retest y de validez de constructo (Yárnoz, Alonso-Arbiol, Plazaola y Sainz de Murieta, 2001).

Procedimiento

Los adolescentes-jóvenes que han participado en este estudio lo han hecho de forma voluntaria, con el previo consentimiento de la institución y de los tutores legales correspondientes. Tanto los tutores legales como los propios adolescentes-jóvenes han firmado el consentimiento informado. Es importante tener en cuenta que se trata de una población altamente vulnerable y de difícil acceso. Para solventar esas dificultades, fueron los profesionales de las instituciones colaboradoras, responsables del seguimiento psicosocial de los adolescentes-jóvenes, quienes administraron los cuestionarios de apego (RQ) y psicopatología (SCL-90-R).

Resultados

Para delimitar el tipo de muestra se han realizado análisis descriptivos de los datos obtenidos. Debido a la limitación en cuanto a tamaño muestral, se han realizado comparaciones no paramétricas (Kruskal-Wallis de muestras independientes) entre los tipos de apego (seguro, evitativo, preocupado y temeroso) y la sintomatología psicopatológica (puntuaciones directas del SCL-90-R). Asimismo, se ha utilizado el estadístico correlación de Pearson para calcular la relación entre el valor asignado por el adolescente-joven a cada tipo de apego (cada adolescente-joven evalúa cada tipo de apego en una escala comprendida por valores de 1 a 7) y la sintomatología (escala comprendida por valores de 0 a 4). Los cálculos se han realizado mediante el paquete informático SPSS (Statistical Package for Social Sciences), versión 19.0 para Windows.

Apego

La mayoría de los adolescentes-jóvenes de la muestra presenta apego inseguro (67.5%, 27 adolescentes-jóvenes del total de 40), mientras que el 32.5% se autoperciben con apego seguro (13 de 40). De los 27 adolescentes-jóvenes con apego inseguro, 15 (37.5%) tienen apego evitativo, 8 apego preocupado (20.0%) y 4 apego temeroso (10.0%).

Sintomatología psicopatológica

A partir de los criterios de corrección establecidos por el SCL-90-R, 19 de los 40 adolescentes-jóvenes de la muestra (47.5%) presentan niveles de sintomatología equiparables a los de la población normal, mientras que 21 (52.5%) sufren síntomas psicopatológicos clínicamente significativos. Las dimensiones de mayor prevalencia son hostilidad (50% de la muestra), obsesión-compulsión (45%), ideación paranoide (45%), psicoticismo (45%) y sensibilidad interpersonal (42.5%). Dichas dimensiones incluyen síntomas de ira, irritabilidad y resentimiento (hostilidad), conductas, pensamientos e impulsos que generan ansiedad intensa (obsesión-compulsión), desconfianza (ideación paranoide), sentimiento de soledad, aislamiento y estilo de vida esquizoide (psicoticismo) y timidez, vergüenza, hipersensibilidad e inhibición en las relaciones interpersonales (sensibilidad interpersonal).

Apego y sintomatología psicopatológica

La relación entre apego y sintomatología se calcula desde dos perspectivas: teniendo en cuenta las puntuaciones de los adolescentes-jóvenes en cada tipo de apego (perspectiva dimensional) y considerando el apego predominante en cada adolescente-joven, es decir, el tipo de apego al que otorga una puntuación mayor (perspectiva categorial).

Desde la perspectiva dimensional, como puede observarse en la tabla 1, la puntuación en apego preocupado correlaciona significativamente con la sintomatología ansiosa, fóbica y paranoide, así como con el global de sintomatología del adolescente o joven (GSI). Las puntuaciones en apego temeroso también presentan correlaciones significativas con las dimensiones psicopatológicas de somatización, depresión, ansiedad e ideación paranoide, así como con el GSI.

tabla 1 correlaciones entre apego y psicopatología

El instrumento utilizado para evaluar el apego (RQ) también permite valorar la ansiedad que suscitan las relaciones interpersonales y el grado de evitación, de necesidad, que refiere la persona de mantener proximidad o distancia en las relaciones. La dimensión ansiedad se calcula sumando las puntuaciones de apego preocupado y temeroso y restando las de apego seguro y evitativo. La dimensión evitación es el resultado de sumar apego evitativo y temeroso, restando apego seguro y preocupado. Como puede observarse en la tabla 1, la dimensión ansiedad, mayor en los tipos de apego con una visión negativa del self (preocupado y temeroso), es la que presenta correlaciones significativas con síntomas de sensibilidad interpersonal, depresión, ansiedad, fobia y paranoia, así como con el indicador global de psicopatología GSI.

Considerando el apego predominante de cada adolescente-joven de la muestra (perspectiva categorial), los resultados indican que la sintomatología psicopatológica, en especial depresión, paranoia, sensibilidad interpersonal, ansiedad y fobia, tiende a ser mayor en los que tienen apego preocupado y temeroso (tabla 2, figura 2), si bien únicamente las diferencias en paranoia alcanzan la significación estadística.

tabla 2 sintomatología psicopatológica media en el conjunto de la muestra de adolescentes-jóvenes y en función del tipo de apego predominante

figura 2. estilo de apego y sintomatología psicopatológica.

Figura 2. Estilo de apego y sintomatología psicopatológica.

Discusión

En el presente estudio se ha evaluado el estilo de apego y la sintomatología psicopatológica de una muestra de adolescentes-jóvenes que han sufrido maltrato intrafamiliar. Aproximadamente uno de cada tres adolescentes-jóvenes (32.5%) presenta apego seguro, mientras que algo más de dos de cada tres (67.5%) presentan apego inseguro, sea de tipo evitativo (37.5%), preocupado (20%) o temeroso (10%). En estudios realizados con población general, se observan proporciones inversas: 2 de cada 3 personas presenta apego seguro y 1 de cada 3 apego inseguro (Yárnoz y Comino, 2011). Por tanto, los datos corroboran que el maltrato intrafamiliar está asociado a una mayor prevalencia de apego inseguro (López-Soler et al., 2012; McLewin y Muller, 2006; Shaffer et al., 2008; Thornberry et al., 2010). El maltrato intra-familiar implicaría un mayor riesgo de dificultades para establecer un auto-concepto y una visión de los demás que permitan regular adecuadamente las emociones y establecer relaciones de confianza, minimizando así la vulnerabilidad a sufrir dificultades psicopatológicas.

Algo más de un tercio de la muestra se identifica con el estilo de apego evitativo, que prefiere no implicarse en relaciones afectivas, que enfatiza la independencia y la distancia interpersonal. El estilo de apego evitativo subraya la autonomía y la autosuficiencia, valores evolutivamente importantes para el adolescente-joven y que están muy presentes en los modelos de socialización vigentes desde hace años (Melero y Cantero, 2008). Pero no conviene olvidar los riesgos que entraña la consolidación de ese patrón relacional: desconfianza, escepticismo sobre las relaciones, frialdad, falta de empatía y rasgos esquizoides de personalidad (Bartholomew, 1990; Bartholomew y Horowitz, 1991; Sherry et al., 2007). La representación que la persona de apego evitativo tiene de los demás queda desprovista de connotaciones positivas, de bienestar, amor y protección (Mikulincer et al., 2001). En coherencia con esa visión de los demás, tienden a excluirse defensivamente emociones dolorosas y se inhibe la necesidad y el deseo de vínculo: se desactivan emociones negativas, pero a costa de un alto despliegue de energía y de perder aquellas experiencias positivas asociadas a la intimidad emocional (Howe, 2005; Muller, 2009). El maltrato sufrido podría explicar la alta prevalencia de apego evitativo: si los que debían proteger y querer han maltratado, la desconfianza y el deseo de invulnerabilidad pueden generalizarse al conjunto de las relaciones íntimas, de amistad, de pareja y, en el futuro, a la relación con los hijos. La respuesta sensible a las necesidades del otro (pareja, hijos) quedaría afectada en las personas de apego evitativo, incrementándose el riesgo de transmisión intergeneracional del maltrato. Muller (2009) destaca la dificultad del trabajo psicoterapéutico con personas de apego evitativo que han sufrido maltrato intrafamiliar, ya que tienden a desconfiar y a mantener una perspectiva de sí mismo/a de fortaleza, independencia y "normalidad". En el trabajo clínico y psicoeducativo cuesta establecer alianza terapéutica y los abandonos del tratamiento son habituales. Según Muller (2009), la intervención debería confrontar la tendencia a minimizar las experiencias traumáticas, favoreciendo la activación y la identificación de las emociones. Si el paciente evitativo tiende a eludir lo relacional, el profesional que lo atiende debería tener una actitud contraria, explorando y ayudando a restructurar los modelos operativos internos del paciente, su visión de sí mismo y de los demás. Estudios futuros deberán confirmar la notable presencia de apego evitativo entre adolescentes-jóvenes que han sufrido maltrato y si esa presencia es fruto de un énfasis temporal en la auto-suficiencia personal o si tiende a determinar a más largo plazo las relaciones del adolescente.

Un 52.5% de la muestra presenta niveles de psicopatología clínicamente significativos. Este resultado remarca la importancia de atender la salud mental de los adolescentes-jóvenes que han sufrido maltrato (Rodríguez y Morell, 2012; Staines, 2012). Hostilidad, ideación paranoide, obsesión-compulsión, psicoticismo y sensibilidad interpersonal son las escalas del SCL-90-R con puntuaciones más elevadas. Los adolescentes-jóvenes evaluados refieren, por tanto, diversas experiencias negativas que tienen que ver con la relaciones interpersonales: sentimientos de enfado e ira, discusiones (hostilidad), tendencia a culpar a los demás, desconfianza, no sentirse comprendido ni valorado (ideación paranoide), sentirse herido, incómodo ante los demás, inferior (sensibilidad interpersonal), sentimiento de soledad y aislamiento (psicoticismo). Si bien sólo se ha hallado relación estadísticamente significativa entre apego e ideación paranoide, se observa que los adolescentes-jóvenes con estilos de apego preocupado y temeroso tienden a presentar más sintomatología clínica que los de apego seguro y evitativo, corroborando así estudios previos (Rosenstein y Horowitz, 1996; Scott Brown y Wright, 2003; Soares y Dias, 2007). La visión negativa de uno mismo, característica del apego preocupado y del temeroso, potenciaría la vivencia de ansiedad en las relaciones interpersonales y sería la dimensión más determinante para la aparición de psicopatología (McLewin y Muller, 2006; Muller et al, 2000; Muller et al., 2001).

Respecto a las limitaciones de este estudio, una de las principales atañe al tamaño de la muestra. Se necesitaría una muestra más grande para aumentar el poder estadístico. Cabe decir que se trata de una muestra de difícil acceso: son adolescentes-jóvenes que han sufrido experiencias dolorosas, que residen en centros, en pisos asistidos o en familia extensa o de acogida, bajo supervisión institucional. Estas circunstancias han condicionado el acceso a los adolescentes-jóvenes y no han permitido recoger datos necesarios: tanto el maltrato (tipo, duración, intensidad, personas que lo han ejercido) como el tipo de acogimiento de los adolescentes (centro residencial, piso asistido, familia extensa, acogimiento familiar) deberían ser variables recogidas y analizadas con detalle. Respecto a las limitaciones del instrumento de medida del apego (RQ, Relationship Questionnaire), señalar que la persona evaluada puede tener dificultades de introspección y/o decidir en qué estilo quiere ser clasificado. Sin embargo, hay autores que defienden la evaluación del apego a través de medidas de autoinforme (Shaver y Mikulincer, 2004) y el RQ no es sensible a sesgos de autoengaño (Yárnoz y Comino, 2011). La decisión de utilizar el RQ tuvo también que ver con que es el instrumento que corresponde al modelo de Bartholomew, que se utiliza como marco teórico de referencia en el presente estudio. Por último, también hay que tener en cuenta que la clasificación de Bartholomew corresponde al estilo de apego adulto y la muestra del presente estudio está compuesta en parte por adolescentes. Ante esta objeción, cabe señalar que las investigaciones revisadas utilizan modelos de apego adulto para clasificar a adolescentes y que hasta el momento no se han desarrollado clasificaciones específicas para el apego en la adolescencia.

Como se ha comentado, no nos consta que en España se hayan realizado investigaciones que relacionen apego y psicopatología en adolescentes-jóvenes maltratados. Uno de cada dos adolescentesjóvenes de la muestra refiere sintomatología clínicamente significativa y dos de cada tres presentan apego inseguro, mayoritariamente de carácter evitativo. Estos datos subrayan la importancia de la intervención educativa y psicoterapéutica con adolescentes-jóvenes que han sufrido maltrato. La visión negativa de sí mismo sería un elemento a trabajar en los adolescentes-jóvenes de apego preocupado y temeroso, mientras que uno de los focos de intervención con los adolescentes-jóvenes de apego evitativo sería su tendencia a la desactivación emocional y a mantener una falsa auto-imagen de fortaleza y auto-suficiencia. La adolescencia y la primera juventud son etapas importantes para las víctimas de maltrato, periodos óptimos para promover resiliencia y elaborar el daño que ha sufrido su capacidad para la intimidad psicológica (Becoña, 2006; McLewin y Muller, 2006). También por razones preventivas merece la pena intervenir, para intentar que la inseguridad del apego y los patrones de maltrato no se transmitan de generación en generación. Para los chicos y chicas que han sufrido maltrato, la relación psicoterapéutica y/o psicoeducativa puede ofrecer la oportunidad de establecer un vínculo que suponga una experiencia emocional correctiva. La intervención debería constituirse en una "base segura" (Bowlby, 1988) desde la que trabajar aspectos dolorosos de la propia vida, incrementar la confianza y mejorar la capacidad para la intimidad.

Conflicto de intereses

Los autores de este artículo declaran que no tienen ningún conflicto de intereses.

Agradecimientos

Los autores agradecen la colaboración del Servei d'Atenció al Menor (Consell Insular de Menorca), de la Asociación Invia y del Área de Suport als Joves Tutelats i Extutelats de DGAIA (Generalitat de Catalunya).


Extended summary

Bowlby's attachment theory argues that humans have a biological predisposition to develop a behavioural and motivational system that promotes proximity with our caregivers. The attachment relationship would allow us to get protection and security in situations of danger and/or threat (Ainsworth & Bowlby, 1991; Bartholomew & Horowitz, 1991; Bowlby, 1988; Lyddon & Sherry, 2001).

The types of child attachment initially described by Bowlby have been used as the basis to develop different classifications of adult attachment. Thus, Bartholomew set up a dimensional and prototypical classification of attachment from the perception that a person has of him/herself (self) and others (Bartholomew 1990; Bartholomew & Horowitz, 1991). The combination of a positive or negative vision of oneself and others results in four attachment styles: secure, preoccupied, fearful, and dismissive (see Figure 1). The secure attachment style is characterized by the predominance of a positive assessment of oneself and by the capacity to perceive others as trustworthy, accessible, and sensitive to one's needs. People with a dismissive style tend to avoid intimacy, have a positive vision of themselves, and distrust others; they are sceptical in close relationships and protect themselves by keeping their distance and overrating their need of independence (Bartholomew, 1990; Bartholomew & Horowitz, 1991). On the other hand, there are the preoccupied and fearful styles, which have a negative vision of the self. The preoccupied style tends to underrate him/herself and praise others, and so they look for other people's approval. These people can trust blindly, without noticing defects, limitations or risks; they are more vulnerable to loneliness and depression, and tend to develop dependent personality patterns (Lyddon & Sherry, 2001; Sherry et al., 2007). Finally, people with a fearful attachment style have a negative image of both the self and others, they underrate themselves, and tend to remain in a state of defensive hypersurveillance and to establish relationships where they are reserved and suspicious. They seek the relationship and proximity but with distrust and fear of being rejected. According to Bartholomew (1990), most people would belong to one of these four attachment styles, but these categories are not intended to be closed and there may be characteristics of different styles in one single individual.

In adolescence, attachment styles become more prominent, as this is an evolutionary period when deep friendship and couple bonds are established. There is also an increase in the capacity of thinking about oneself and others. All this encourages adolescents to revise their bonds with parents or replacing figures (Allen, McElhaney, Kuperminc, & Jodl, 2004; Sánchez-Quejia & Oliva, 2003). Secure attachment allows the person to easily get proximity, trust and reciprocity in their close relationships, with these relationships being more open, productive, and flexible, thus promoting healthy psychosocial functioning (McLewin & Muller, 2006). Adolescents with a predominant secure attachment tend to be more open, autonomous and socially accepted, they have less depressive symptoms, less criminal behaviours and, in general, lower levels of psychopathology (Allen, Porter, McFarland, McElhaney, & Marsh, 2007; Brown & Wright, 2003). On the contrary, insecure attachment styles (fearful, preoccupied, dismissive) are associated to a higher presence of anxious and depressive symptoms, difficulties of relationship and adjustment, and, in general, to a higher risk of developing psychopathological disorders (Allen et al., 2007; Brown & Wright, 2003; Fonagy et al., 1996; Keskin & Çam, 2010; McLewin & Muller, 2006; Muller, Lemieux, & Sicoli, 2001; Pinna, Gauthier, & Van Oirbeek, 2011). From the perspective of Bartholomew's dimensional model, it has been observed that in people with a negative vision of the self (preoccupied and fearful attachment styles) there is an increase in the presence of dysfunctional beliefs and vulnerability to develop psychopathology: the negative vision of oneself would be the most reliable predicting factor for the emergence of symptoms, whereas people with a positive vision of the self have better mental health and higher quality relationships (McLewin & Muller, 2006; Muller, Lemieux, & Sicoli, 2001).

These results are more relevant in the case of children and adolescents that have suffered from intrafamily maltreatment. Being maltreated by attachment figures places the victim in a paradoxical experience: the abuser is precisely the person who was supposed to give protection, security and comfort. For this, one of the most frequent consequences of maltreatment is an experience of lack of protection in relationships, lack of love and wellbeing (Lynch & Ciacchetti, 2002; Mikulincer, Hirschberger, Nachmias, & Gillath, 2001). There is empirical evidence for a higher incidence of insecure attachment among adolescents that have suffered from intrafamily maltreatment and, as a consequence, of greater vulnerability to developing psychopathology and difficult interpersonal relationships (McLewin & Muller, 2006; Muller, Goebel-Fabri, Diamond, & Dinklage, 2000; Muller & Lemieux, 2000; Shaffer, Huston, & Egeland, 2008; Thornberry, Henry, Ireland, & Smith, 2010). From this perspective, it is essential to consider attachment style to formulate the adolescent's problem, establish a sound therapeutic alliance, and set up the intervention (McBride, Atkinson, Quilty, & Powell, 2006; Muller, 2009).

Despite the significance for prevention and intervention, we are not aware of any research in Spain that relates attachment, psychopathology, and maltreatment. In this line, the objectives of this study are (a) to assess the attachment style of a group of adolescents that have suffered from intrafamily maltreatment and (b) to establish the relationship between attachment styles and presence of clinical symptoms. On the basis of reviewed literature, it is hypothesized that adolescents with preoccupied and fearful attachment styles (negative vision of the self) will have more clinical symptoms than adolescents classified as secure and/or dismissive.

Method

Participants

The sample of this study consisted of 40 adolescents and young adults, 18 boys and 22 girls, with ages ranging from 13 to 22 years (M = 16.28, SD = 1.9). All of them have suffered from some kind of maltreatment. Specifically, according to the classification used by the institution of reference, 70% of the sample have suffered from physical and emotional neglect, 27% have suffered from emotional neglect, and 2.5% from sexual abuse.

Instruments

The clinical symptoms of these adolescents were assessed through the Spanish adaptation of Derogatis's SCL-90-R (Symptom Checklist-90-Revised) (González de Rivera, De las Cuevas, Rodríguez, & Rodríguez, 2002). The attachment style of adolescents was assessed through the Relationship Questionnaire (RQ) by Bartholomew and Horowitz (1991), in the Spanish adaptation by Alonso-Arbiol (in Yárnoz, 2008). This questionnaire has a prototypical definition for every attachment style (Bartholomew & Horowitz, 1991), with stress being put on fundamental characteristics: ability to approach others emotionally, to trust, acceptance of loneliness (secure attachment), feeling of wellbeing when being without an emotional relationship, emphasis on independence and self-sufficiency (dismissive attachment), wish for intimacy and perception that others keep their distance, feeling lost when being without a relationship (preoccupied attachment), and discomfort when approaching others, distrust and fear of suffering if distances are not kept (fearful attachment). Subjects were asked to (a) report which of the four prototypes they think reflects their way of relating to others better and (b) to assess their degree of identification with every prototype with a Likert-type scale, from 0 (I totally disagree) to 7 (I totally agree).

Procedure

The adolescents participating in this study were volunteers, with the previous consent from the institution and corresponding legal tutors. Both their legal tutors and the adolescents signed an informed consent form.

Results

Attachment

Most adolescents-young adults in the sample show insecure attachment (27, 67.5%). Of the adolescents-young adults with insecure attachment, 15 (37.5%) have dismissive attachment, 8 (20%) preoccupied attachment, and 4 (10%) fearful attachment.

Psychopathological symptoms

If we analyze SCL-90-R scores, we can see that 52.5% of the sample (21 adolescents-young adults) have clinically significant psychopathological symptoms. The adolescents-young adults in the sample have more symptoms in the scales of hostility, obsessive-compulsive, paranoid ideation, psychoticism, and interpersonal sensitivity.

Attachment, and psychopathological symptoms

The correlations are positive between preocupied attachment and symptoms of interpersonal sensivity, phobia, and paranoid ideation, and between fearful attachment and symptoms of somatisation, depression, anxiety, and paranoid ideation. The adolescents-young adults with preoccupied and fearful attachment (negative vision of the self, anxiety dimension of Bartholomew's model) tend to have higher scores in psychopathological scales associated to interpersonal aspects (paranoia, interpersonal sensitivity).

Discussion

In this study, attachment style and psychopathological symptoms were assessed in a sample of adolescents and young adults that have suffered from intrafamily maltreatment. More than two out of three adolescents (67.5%) have insecure attachment style. Dismissive attachment, characterized by a positive vision of the self and negative vision of others, is the most prevalent insecure attachment style. Therefore, most adolescents identify with an attachment style that is more comfortable in the absence of emotional relationships, which emphasizes independence, self-sufficiency and interpersonal distance. We can understand that the dismissive attachment style highlights autonomy, but we should not forget the risks involved in the consolidation of this relational pattern: distrust, scepticism about relationships, coldness, lack of empathy, and schizoid personality traits (Bartholomew, 1990; Bartholomew & Horowitz, 1991; Sherry et al., 2007). Maltreatment suffered could account for the high prevalence of this dismissive attachment style: if those people who were supposed to protect and love them maltreated them, distrust and wish for invulnerability may be generalized to all close relationships, friendships, couple relationships and, in the future, their relationship with their children. In the clinical and psychoeducational task, it is difficult to establish therapeutic alliance, and treatment dropouts are frequent. According to Muller (2009), the intervention should confront the tendency to minimize traumatic experiences by promoting activation and identification of emotions. Further research should confirm the remarkable presence of dismissive attachment among formerly maltreated adolescents and young adults.

Half of the sample has clinically significant levels of psychopathology. This result highlights the importance of attending to the mental health of formerly maltreated adolescents and young adults. Hostility, paranoid ideation, obsessive-compulsive, psychoticism, and interpersonal sensitivity are the SCL-90-R scales with higher scores. The adolescents and young adults in our sample, then, report different negative experiences that have to do with interpersonal relationships: feelings of annoyance and anger, arguments (hostility), tendency to blame others, distrust, not feeling understood or appraised (paranoid ideation), feeling hurt, uncomfortable in front of others, inferior (interpersonal sensitivity). The negative vision of oneself, characteristic of preoccupied and fearful attachment styles, would be the most determining dimension for the emergence of psychopathology (McLewin & Muller, 2006; Muller et al., 2000; Muller et al., 2001).

Sample size is one limitation of the study. It is worth mentioning that this sample is difficult to have access. There are also limitations in the instrument to assess attachment (RQ, Relationship Questionnaire): the subject may show a distorted image of him/ herself and deliberately decide what style he/she wants to be classified in. Besides, the self-report may be biased due to possible difficulties of introspection. Despite these objections, there are also authors who defend an assessment of attachment through self-report measures, in view of the complexity of other existing tests (Shaver & Mikulincer, 2004).

As mentioned before, one in two adolescents in our sample shows clinically significant symptoms and two out of three have insecure attachment style, mainly of a dismissive character. These data highlight the importance of the educational and psychotherapeutic intervention with formerly maltreated adolescents and young adults. The negative vision of oneself would be an element to work with in adolescents-young adults with preoccupied and fearful attachment styles, whereas one of the focuses of intervention with adolescents-young with dismissive attachment style would be their tendency towards emotional defusion and to keep a false self-image of strength and self-sufficiency. For formerly maltreated young people, the psychotherapeutic and/or psychoeducational relationship may be a chance to establish a bond that represents a corrective emotional experience. The intervention should be built upon a "secure basis" (Bowlby, 1988) from where to work on painful aspects of their own life, increase trust, and improve their capacity for intimacy.


INFORMACIÓN ARTÍCULO

Manuscrito recibido: 19/03/2013

Revisión recibida: 13/11/2013

Aceptado: 22/11/2013

Doi: http://dx.doi.org/10.5093/cl2014a6

*La correspondencia sobre este artículo debe enviarse a José A. Castillo-Garayoa.

Facultat de Psicología Blanquerna. Universitat Ramon Llull. C/Cister, 34. 08022 Barcelona.

E-mail: JosepAntoniCG@blanquerna.url.edu


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